49 años después de su asesinato, el sueño de Martin Luther King sigue vivo (+Audio)

Publicado en 04/04/2017EveRico

Micro sobre el asesinato de Martin Luther King

El 4 de abril de 1968, el pastor Martín Luther King fue asesinado de un balazo en la ciudad de Memphis, en Estados Unidos. Su muerte provocó graves disturbios en más de 100 ciudades de ese país e hizo que se convirtiera en un mártir de la lucha por los derechos cívicos y la igualdad racial.

Martin Luther King nació el 15 de enero de 1929 en Atlanta (Georgia). Hijo del Reverendo del mismo nombre, llegó al mundo en una habitación de la casa en la Avenida Auburn. Durante los primeros 12 años de su vida vivió en una casa victoriana de dos pisos. Fue ordenado ministro baptista, como su padre, a los 17.

En 1951 se Graduó en el Crozer Theological Seminary, y realizó estudios de posgrado en la Universidad de Boston. Allí entró en contacto con las ideas del pacifista y nacionalista hindú Gandhi, las cuales se convirtieron en el centro de su propia filosofía de vida y lucha política. La prioridad del movimiento de King fue la de no responder a la violencia con más violencia. Esta lógica fue entendida como estrategia principal de su resistencia.

En 1963 se puso al frente en Birmingham (Alabama) de una campaña a favor de los derechos civiles para lograr el censo de los votantes negros a los que se les había prohibido el ejercicio de su derecho. Durante su misión de lucha fue arrestado varias veces.

Protestar contra la discriminación

En concordancia con estas ideas, en 1955 formó parte de un boicot contra una compañía de transportes públicos en Montgomery, en la que se había cometido la injusticia de provocar el arresto de una mujer negra que se había negado a dejar su asiento libre para que un pasajero blanco se sentara.

En medio de la protesta que se generó por el suceso, Martin Luther King dijo: “No tenemos otra opción que la protesta. Han sido muchos los años de notable paciencia, hasta el punto de que, en ocasiones, hemos dado a nuestros hermanos blancos la impresión de que nos gustaba el modo en que nos trataban. Pero esta noche estamos aquí para liberarnos de esa paciencia que nos ha hecho pacientes con algo tan importante como la libertad y la justicia”.

La protesta se llevó a cabo durante 381 días y a consecuencia de ello, Martín Luther King fue arrestado y encarcelado, su vivienda fue destrozada y recibió muchas amenazas de muerte.

En 1956 los seguidores de este revolucionario norteamericano pusieron fin a las protestas al conocer la ordenanza del Tribunal Supremo que prohibía la segregación en el transporte público de la ciudad.

Tras este éxito conseguido con el boicot de Montgomery, Martín Luther King fundó la Conferencia de Líderes Cristianos del Sur (SCLC) junto a los clérigos negros de todo el Sur de la nación. Este paso le permitió participar en el liderazgo nacional del movimiento de los derechos civiles de su país.

“Yo tengo un sueño”

El 28 de agosto de 1963 Martin Luther King brindó su discurso “Yo tengo un sueño” en los escalones del monumento a Lincoln en Washington.

En esa maravillosa intervención expresó: “Debemos enfrentar el hecho trágico de que el negro todavía no es libre. Cien años después, la vida del negro es todavía minada por los grilletes de la discriminación”.

“Cien años después, el negro vive en una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después el negro todavía languidece en los rincones de la sociedad estadounidense y se encuentra a sí mismo exiliado en su propia tierra”, dijo entonces.

Ese día, 200 mil personas que habían marchado junto a él en apoyo de los derechos civiles, le oyeron pronunciar también: “Sueño con el día en que esta nación se levante para vivir de acuerdo con su creencia en la verdad evidente de que todos los hombres son creados iguales”. En 1964 le otorgaron el Premio Nóbel de la Paz.

A pesar de todo fue objetado por los hombres de su misma raza. En Chicago, los baptistas negros locales se le opusieron públicamente. También allí los manifestantes plantaron bandas de blancos, dirigidos por miembros del Ku Klux Klan, que provocaron enfrentamientos.

El 4 de abril de 1968 King fue asesinado en Memphis (Tennessee). Pero sus ideas siguen vigentes, porque su sueño, hacer realidad el arrollador movimiento de los derechos civiles, aún no es una realidad completa.

Según el Centro de Información sobre la Pena de Muerte de Washington, desde 1976 sólo 12 hombres blancos han sido ejecutados en Estados Unidos, mientras han corrido con la misma suerte 180 negros.

Además, el Centro afirma que uno de cada diez negros de 25 a 29 años (un 9,7 por ciento) se encuentra en la cárcel, contra el 2,9 por ciento de los latinos y 1,1 por ciento de los blancos de la misma edad.

También la pobreza afecta mucho más a los negros que a los blancos: 22,7 por ciento de los primeros vive por debajo de la línea de pobreza, contra 11,7 por ciento entre los blancos.

¿Quién asesinó a Martin Luther King?

El 4 de abril de 1968, un francotirador asesinó a Martin Luther King mientras se encontraba en el balcón de un motel de Memphis, Tennessee. Enseguida circularon historias de encubrimientos y complicidad del gobierno, sospechas que no han disminuido con el tiempo.

Se han ofrecido varias versiones sobre el asesinato de Martin Luther King. Desde la historia “oficial” de 1968, que consideraba a James Earl Ray, un delincuente de poca monta, como el único autor del asesinato, hasta la declaración posterior que realizó James Earl Ray, afirmando que fue víctima de la trampa que le tendió “Raul”, el verdadero asesino; o la versión de 1978, del informe del Comité sobre Asesinatos de la Cámara de Representantes (HSCA), que declaraba que James Earl Ray fue únicamente el ejecutor de una conspiración.

También existe la teoría de que las agencias del gobierno federal estaban detrás de Martin Luther King y tenían más motivos para eliminarle que James Earl Ray.

Tengo un sueño

Por Martin Luther King, Jr.

Discurso leído en las gradas del Lincoln Memorial durante la histórica Marcha sobre Washington

“Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.

Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de “fondos insuficientes”. Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.

Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.

1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirá contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.

Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, “¿Cuándo quedarán satisfechos?”

Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que “la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”.

Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.

Regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.

Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño “americano”.

Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: “Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales”.

Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.

Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, “Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antesecores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad”. Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.

Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Que repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ! ¡Que repique la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que repique la libertad desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Misisipí! “De cada costado de la montaña, que repique la libertad”.

Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: “¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!”

Washington, DC
28 de agosto de 1963

La Radio del Sur

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