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¿Cómo se transformó un frente de las FARC en un taller de industria textil?

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A seis horas en bus desde Medellín, y una hora más en moto desde la cabecera municipal de Anorí (departamento de Antioquia), se llega a la vereda La Plancha, un lugar en el noroeste de Colombia que era escenario diario de enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas colombianas y la exguerrilla de las FARC-EP.

Hoy, casi dos años y medio después de la firma del acuerdo de paz con el Gobierno, la extinta guerrilla protagoniza aquí en La Plancha una verdadera historia de paz y reconciliación.

El Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) Jhon Bautista Peña, o campamento, como le llaman los lugareños, alberga un taller de confecciones que hace sudaderas, chalecos, camisas, maletas y otro tipo de prendas para niños y adultos. Pero este lugar no nació hace dos años cuando los excombatientes de las FARC se empezaron a agrupar en los lugares establecidos para que iniciaran su proceso de dejación de armas y paso a la legalidad.

En pleno auge de la guerra, hacia el 2000, los miembros del entonces frente 36 de las FARC (que operaba en el noroeste antioqueño) crearon su propio taller y decidieron empezar a fabricar sus prendas de indumentaria, uniformes y equipos para combate, pues los que conseguían no se ajustaban a su medida, o el material usado era más pesado y poco resistente, entre otros motivos que dificultaban sus desplazamientos y operaciones militares.

Así le contó Milena (nombre cambiado por seguridad), una exguerrillera de poco mas de 30 años, a la Agencia Anadolu: “los chalecos que se conseguían del Ejército a nosotras las mujeres nos quedaban muy grandes, eso uno no lo podía ni usar. Si uno mojaba los camuflados, no se secaban rápido; y si uno tenía que salir rápido de donde estuviera por una emboscada o algo, teníamos que ponernos eso así mojado, pesado, incómodo”.

Jaime, otro excombatiente de 35 años de edad y que duró 21 años de su vida en insurgencia, recuerda que durante mucho tiempo tuvieron que desarmar todo tipo de prendas para ajustarlas. “Un bolso, uno lo desbarataba y luego lo volvía a armar. Así los primeros, y ya va quedando la experiencia. Solo una vez alguien vino y nos dio una medio instrucción, de resto, lo aprendimos por iniciativa propia. Ya después hacíamos las cosas para nosotros mismos… bolsos, chalecos de guerra, sudaderas para el monte, que duraban más que los que comprábamos”, explica.

Jaime aprendió esta labor hace 16 años y durante todo este tiempo confeccionó con otros ‘camaradas’ (como aún se llaman entre ellos) en medio del monte, donde tenían siete máquinas. Este taller era móvil. Cuando tenían que moverse por algún motivo llevaban consigo la maquinaria, en burro.

Durante algunos meses la textilera no trabajó. Pero una vez inició la implementación del acuerdo de paz y al ver los constantes incumplimientos del Gobierno colombiano, los excombatientes decidieron reactivarla para poder sostener el espacio.

“Al acercarnos al proceso nos fuimos arrimando con todo y máquinas. Las trajimos en ‘bestias’ (mulas). Y empezamos con poquito. Empezamos dos personas apenas, y ya esto fue generando más empleo”, recuerda Jaime.

Pasados dos años desde aquel 27 de enero de 2017, cuando los exguerrilleros llegaron hasta este lugar escondido entre montañas, ríos y palmas, la antigua sastrería de guerra, hoy convertida en Confecciones La Montaña, se consolida rápidamente entre las comunidades locales, turistas y visitantes.

Según Jaime, “ya hacen pedidos de las mismas veredas, de municipios, hasta gente de otros países que vienen y nos piden cosas. A los turistas les gustan mucho los bolsos porque son muy finos para meterse a la selva; como ya ahora se pueden meter a muchas partes a buscar nombres de animales, de plantas, a las expediciones…”.

Tal es el éxito, que los bolsos de esta textilera han cruzado las fronteras colombianas y han llegado hasta Venezuela, México, Argentina, Uruguay y España. También hay pedidos en cola para Costa Rica. Las ventas de sudaderas han alcanzado entre 400 y más de 600 unidades semanales, mientras que en bolsos el número oscila entre 20 y 40.

“Esto va es pa’lante”, resaltó Jaime con evidente entusiasmo.

Uno los planes de la gente de Anorí es poner a marchar talleres en otros espacios territoriales y emplear a excombatientes en otros lugares del país.

“Tenemos pedidos por delante en cantidad y los niveles de producción todavía son pocos. Estamos pensando en reactivar talleres en otros ETCR que no han funcionado. Tienen máquinas y gente, pero están muertos porque no tienen nada. ¿Qué hacemos para encadenar esos ETCR y tener una cadena de producción que sea grande y seria?”, pregunta Martín Batalla, gerente de la cooperativa Coomuldesna, cuyos asociados son los 120 exguerrilleros en Anorí.

Inclusive, existe la posibilidad de empezar a comercializar los morrales en Europa, a través de una campaña de solidaridad con este proyecto y con el tema de la construcción de paz. Pero esto no es todo. Hay diseñadores que quieren trabajar con el taller a cargo de los exguerrilleros y crear líneas de ropa juvenil y urbana.

Confecciones La Montaña es el sustento directo de ocho familias y 10 excombatientes en condición de discapacidad.

Otros proyectos

En el ETCR de Anorí han surgido otras alternativas productivas. Una de ellas es una panadería, en la que trabajan mujeres exguerrilleras. Sus clientes son, además de los excombatientes, campesinos locales y miembros de la Policía y el Ejército.

La panadería ya ha sellado contratos con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la ONU y la Asociación Nacional de Zonas de Reserva Campesina (Anzorc).

Otro proyecto que ya arrancó es el de piscicultura, y es el único que ha tenido recursos del Estado con el desembolso de COP 320 millones, el dinero de reincorporación correspondiente a 40 guerrilleros.

También está casi lista una iniciativa de turismo con enfoque en memoria histórica, reconciliación y conservación del ambiente. La propuesta es construir una Casa de la Memoria, reconstruir un campamento guerrillero que estaba en la vereda La Avianca, a unos 40 minutos del espacio territorial, y dos recorridos para mostrar las riquezas naturales que tiene este territorio.

“Vamos a mostrarle a la gente como vivíamos nosotros en época de guerra y relatar todo lo que sucedió en esta zona. Y vamos a dar a conocer esta área, rica en biodiversidad, aguas, fauna y flora, y generar políticas de conservación”, detalla Martín.

Hay en curso un proyecto apícola, que será uno de los más importantes, en el que trabajan unas 30 personas. De todas estas alternativas productivas dependen los 120 excombatientes y sus familias.

En medio de las dificultades, los habitantes de La Plancha ya no se preocupan por un bombardeo o una emboscada, pues las condiciones de seguridad son favorables. Por el contrario, están pensando en adquisición de tierras y vivienda para consolidar su tránsito hacia la vida civil.

“Estamos en la pelea por el territorio y vivienda digna, porque sí queremos realizar un verdadero proceso de reincorporación”, dice Martín Batalla con firmeza.

Según el gerente de la cooperativa, “el problema de la tierra y la vivienda es un tema neurálgico y estratégico de la reincorporación, porque no puede haber un proyecto productivo sin tierra”.

¿Cómo haces para sembrar si no tienes tierra? ¿O cómo desarrollas un proyecto ganadero sin tierra?”, cuestiona.

“Quedamos completamente abandonados”

Al igual que otros proyectos productivos en los más de 20 ETCR del país, el de Anorí ha salido adelante sin apoyo alguno del Gobierno. Por el contrario, han sido el Fondo Multidonante y Naciones Unidas los que han hecho grandes aportes.

A pesar de los incumplimientos desde Bogotá, Milena, Jaime, Martín y muchos otros excombatientes tienen la convicción de sacar adelante todos los proyectos y llevar una nueva vida. Es más, mantienen la esperanza de que el acuerdo de paz se implemente como el firmado el 24 de noviembre de 2016 en el Teatro Colón.

“Yo no imagino volver a coger un arma, y mucho menos dispararle a un policía o a un soldado. Hoy jugamos fútbol con ellos, compartimos, hasta celebramos el día de la mujer todos juntos”, afirma Milena, con cierto tono nostálgico.

“Ojalá se implemente todo y que nos cumplan lo que quedó en los acuerdos. Que Iván Duque cumpla todo para que así Colombia siga en una calma, que no volvamos a la guerra”, dice Jaime.

Este ETCR hace parte de los 15 Espacios Territoriales de 10 departamentos del país que fueron seleccionados el fin de semana pasado, para una inversión de la ONU de cerca de COP 9 mil millones (unos USD 3 millones), dedicados a fortalecer iniciativas productivas.