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Contra la lealtad resignada

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En esta nueva etapa de la revolución bolivariana, difícilmente haya una actitud más peligrosa que la lealtad resignada.

La lealtad resignada es lo propio de estos personajes que no pierden oportunidad para jurar que lucharán hasta un final que es inminente. No importan todos los elementos de análisis que apuntan a que esta historia, lejos de terminar, apenas comienza. La resignación es un estado de ánimo, y está más acá de cualquier análisis de la situación.

Resignados pero leales, porque, como suelen repetir de memoria, no serían capaces de traicionar el legado del comandante Chávez, van por la vida ostentando su impostura casi con orgullo, disfrazando de heroicidad lo que es realmente derrotismo. Todos tienen algo negativo que señalar. Son tantos los errores, según nos dicen, que seguir apoyando esta revolución es casi un sacrificio, un acto de desprendimiento. Un favor que nos estarían haciendo.

Si revisáramos las manifestaciones más extremas de este fenómeno, concluiríamos que el chavismo también tiene sus profetas del desastre, sus apologetas de Termidor, y no es casual que proliferen en los momentos más difíciles. Es normal: el miedo es libre. En cambio, para afrontar las dificultades hay que tener carácter, buen humor, audacia, inteligencia. Qué rápido se les olvida a algunos la manera como el comandante Chávez afrontaba las circunstancias más adversas.

Allá están, esos son, con su copioso inventario de defectos debajo del brazo, listo para esgrimirse en el momento inevitable de la caída. ¿Inevitable? ¿O es que algunos ya cayeron víctimas de la resignación y no son capaces más que de mirarlo todo desde el suelo? A ellos les decimos con José Martí: “Necesitamos levantar, no poetizar las caídas”.

El correlato político de la resignación es el pragmatismo. Nadie discute el hecho de que, con frecuencia, una dosis de pragmatismo no sólo es necesaria, sino deseable. El problema es cuando el pragmatismo se instala como el signo de la política. El problema es cuando comienza a concebirse como condición para permanecer, lo que significa renunciar a la posibilidad de avanzar.

Por cierto, esta actitud no es la que prevalece en el chavismo. No es esto lo que vemos en la calle, y sobre todo no es lo que percibimos en las bases. Para el pragmático se trata de aferrarse a lo existente. Su propósito en la vida deja de ser modificar el estado de cosas y actúa para preservarlo. El pragmatismo es en esencia conservador. El pueblo chavista, al contrario, siente una profunda inconformidad con el estado de cosas y lucha para cambiarlo. Lo sigue animando un espíritu fundamentalmente revolucionario: desea cambiar todo lo que tiene que ser cambiado.

Si antes el pragmático, obligado por un entorno opresivo, nos hablaba de socialismo, y si de esa forma lograba pasar desapercibido, por estos días se siente a sus anchas, liberado, y se da el lujo de poner en entredicho la viabilidad del horizonte socialista de esta revolución. Negado el horizonte, se produce automáticamente la clausura estratégica. La política queda reducida a la táctica permanente para superar, a duras penas, coyuntura tras coyuntura.

Al pragmático nunca le faltan argumentos, todos los cuales son variaciones del argumento primario: el pueblo venezolano no está preparado para el socialismo, por lo que corresponde renunciar al intento de construirlo. Se entenderá que más que un argumento, se trata de un prejuicio de vieja data, fundante de la política de elites, y del que no estamos exentos.

No está de más repetirlo: no dudemos ni un segundo de la capacidad del pueblo para enfrentar las adversidades presentes y futuras.

Minoritario como sigue siendo, al pragmatismo es preciso mantenerlo a raya. No vaya a ser que llegue el tiempo en que, frente a nuevos problemas, los pragmáticos nos exijan más pragmatismo para solucionarlos. Entonces, y de manera progresiva, los problemas dejarán de ser aquellos que se plantean los pueblos cuando hacen una revolución.

Contra la lealtad resignada, hay que afirmar que el momento es ahora. No es el “ya fue” de los nostálgicos ni es el “en algún momento será” de los conformistas. El momento es ahora. Y la sentencia pesa como en su momento pesó el “por ahora” del comandante Chávez, que nos prometía un futuro de lucha, y el hombre nos cumplió. Y porque nos cumplió y porque cumplimos el futuro es ahora.

Llegó el momento de demostrar en qué pueblo nos hemos convertido después de todos estos años en revolución.

 

Por:  R