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Restauración cuántica

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El clima de la época que vivimos desde hace 13 meses, es el de un progresivo regreso a la “normalidad democrática”, enaltecida por una prensa cooptada por los factores tradicionales de poder. El viejo país brinca por el giro cuántico y celebra prematuramente el “fin del correísmo”. Como reza la conocida expresión: “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Todo esto de la mano de una élite octogenaria que busca restablecer la sociedad del “buen nombre” en lugar de aquella donde prevalecían las capacidades y los méritos.

Los últimos movimientos “judiciales” del aparato restaurador contra el ex presidente han superado todos los límites de lo imaginable, a punto tal que comienzan a aflorar dudas entre algunos de sus propios voceros, que se preguntan si no se ha ido demasiado lejos en el afán revanchista, descuidando formalidades y procedimientos.

Al mismo tiempo, movimientos políticos y personalidades del mundo entero han expresado de la manera más enfática su respaldo y solidaridad con Rafael Correa, lo hicieron también frente a otra evidente persecución política disfrazada de procedimiento judicial que enfrenta Lula en Brasil, y que en estos momentos se encuentra secuestrado por la Policía Federal en incumplimiento de la orden judicial que dispone su liberación.

¿Queda entonces, alguna duda de que lo que realmente está bajo secuestro es la democracia?

Sería ingenuo no ver la dimensión geopolítica en la avanzada del llamado Lawfare, esto es, la instrumentalización del aparato judicial para la consecución de objetivos políticos. Lo que está en marcha en toda la región es una auténtica contrarrevolución en todos los órdenes: político, económico, social, cultural.

La historia nos demuestra que allí donde movimientos políticos y líderes de gran respaldo popular lograron conculcar privilegios para expandir derechos, e incluso sin abolirlos completamente éstos resultaron limitados, una vez que tuvieron la oportunidad el odio y la revancha de los poderosos resultaron implacables. La sed de venganza de los dueños tradicionales del poder político y económico no conoce de límites. El único límite que puede frenarlos en sus ambiciones, la única barrera a la restauración en curso, pasa por la recomposición del polo popular y progresista.

Enfrentamos una contrarrevolución continental profundamente antidemocrática, que se asienta en los distintos escenarios nacionales en un mismo trípode: un aparato judicial cooptado para fines políticos, un poder económico que se expresa a través de sus cámaras y representantes más insignes y, una prensa concentrada al unísono, dedicada a blindar a los presidentes de su agrado y concertar un verdadero cerco mediático en torno a todo aquello que pone en entredicho la marcha de sus planes.

Sabemos que la democracia, incluso en su dimensión más formal, ha sido muchas veces aceptada a regañadientes y con dificultad por los factores de poder. A lo que históricamente han aspirado esos segmentos privilegiados de nuestras sociedades, es a una “democracia a medida”, que se ajuste a sus pretensiones. Cada vez que ese molde fue rebasado y puesto en cuestión por proyectos y liderazgos populares de carácter progresista, esas fuerzas se pusieron primero en guardia, luego al acecho y finalmente en pie de guerra. Esta ha sido y sigue siendo la marca de la disputa política fundamental que recorre nuestros países, con periodos de expansión de los horizontes democráticos y etapas de retroceso.

En nuestro país esa contrarrevolución, que comenzó solapada en banderas de continuidad con el programa votado en las urnas, con invocaciones cuánticas al “espíritu de Montecristi” para plantear “matices”, hace rato que se muestra sin rumbo y como caricatura del más rabioso anticorreísmo, sentimiento que parece ser la única pasión que anima al régimen.

Moreno es apenas la delgada membrana de la contrarrevolución. Quienes dirigen las operaciones se valen de su figura insípida, de su palabra insustancial para avanzar todo lo que puedan en su agenda: ajuste neoliberal, realineamiento estratégico con los intereses del gobierno de Estados Unidos, destruir el sueño de unidad regional y la Patria Grande, devolver el poder a las oligarquías. En síntesis: destruir lo que despectivamente llaman “correísmo”.

Esos intereses saben que existen dos obstáculos para la consumación de sus objetivos antidemocráticos, dos límites a su obra destructiva y restauradora: la memoria de la Revolución Ciudadana y el capital político con el que cuenta. Saben que si no golpean ahora, se van a enfrentar cada día que pase con un referente más grande, más abarcativo. En torno a Rafael Correa y un renovado proyecto político popular y progresista, van a confluir si hacemos las cosas bien, las aspiraciones del conjunto más vasto de las ecuatorianas y los ecuatorianos.

Está claro que la persecución que enfrentamos no es judicial, es política. Y como todo problema político su solución también es política. Ellos quieren una pseudodemocracia donde las mayorías estén proscriptas. Frente a ello, nuestra tarea es trabajar para volver a ser vértice de un movimiento amplio y ciudadano, que le devuelva la democracia al pueblo. Ellos sueñan con un Ecuador para minorías, sin Revolución Ciudadana que les quite el sueño. Nuestro desafío es recrear un movimiento progresista lo más amplio posible, capaz de construir una nueva victoria popular y plantear al pueblo ecuatoriano un rumbo de dignidad, soberanía y justicia social.

Vamos a enfrentar en las calles, en los barrios, desde los movimientos sociales este remedo de democracia que nos imponen los de siempre. Vamos a resistir a las políticas antipopulares y antinacionales. ¡Democracia a la medida de las élites no es democracia! ¡Democracia sin la principal fuerza política del país, no es democracia! ¡La Revolución Ciudadana está en las calles, en la memoria y en el corazón de las mayorías populares! ¡Volveremos!

Por: Gabriela Rivadeneira